Las otras Omayras

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Para conmemorar el 31 aniversario de la tragedia de Armero, el pueblo que quedó sepultado bajo los lodos del volcán Nevado del Ruiz cuando entró en erupción, comparto nuevamente el reportaje que me publicó el año pasado la revista Zazpika. Más de 20000 personas fallecieron aquel 13 de noviembre de 1985. Para el mundo Armero es Omayra, la niña que murió atrapada en el fango tras 60 horas de agonía y ante la impotencia de todos. Pero hubo muchas ‘Omayras’ que sí lograron sobrevivir y a las cuales tuve la oportunidad de conocer. Estas son sus historias. 

Edylma Loaiza vivía con su marido y sus cuatro hijos. Tenía una bonita y estable vida familiar en Armero, una localidad del norte de la región del Tolima colombiano, a 200 kilómetros de Bogotá. Su casa quedaba arriba del hospital, donde el tanque del agua. Era amplia, con piscina para los niños y rodeada de árboles frutales. Les gustaba pasear, tomar helado en el parque, bañarse en el río y salir los fines de semana a los pueblos de los alrededores. Tenía 28 años y nunca imaginó que de la noche a la mañana todo aquello se acabaría. Lo mismo pensaron Ana, Gladys, Claudia, Flor María, Miriam, María Mercedes y otras muchas personas para las que aquel pueblo fue un lugar tan especial. Todas vivieron de forma abrupta la desaparición de su entorno físico, familiar y social, pero consiguieron sobrevivir a una tragedia que sepultó a más de 20000 de sus vecinos.

Ocurrió todo un 13 de noviembre de 1985, hace 30 años. Ese día Flor María Vargas había ido a la misa de las seis de la tarde cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo humedecido. Llovía ceniza desde horas antes y la recomendación era que evitasen respirar el intenso olor a azufre que se hacía sentir en la atmósfera. Tras el sermón y la bendición, por los altavoces de la iglesia se daban instrucciones para protegerse de una posible inundación que era lo único que se había previsto si se desbordaba el río Lagunilla. Cuentan que, acabada la homilía, el cura fue el primero en hacer las maletas y abandonar el pueblo para ponerse a salvo. “Nos dejó tirados”, dice Flor María.

Aquella misma tarde, Gladys Ramírez corrió con afán para recoger la ropa tendida de Eduardo, su bebé de 11 meses. “Llovía muy duro, pero era una lluvia extraña. Lo recuerdo porque cuando salí no me mojé. Extendí las manos y se me llenaron de arena. Entré muy asustada, pero la radio seguía diciendo que solo nos teníamos que resguardar de las cenizas”. No muy lejos, su tocaya Gladys Primo alistaba con esmero el vestido rosado que Nubia, su hija de 8 años, debía llevar al día siguiente a un cumpleaños.

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Sobre las diez de la noche sonó el teléfono en casa de Luz Miriam Romero. Ella acababa de llegar de estudiar y recién se había recostado al lado de su hijo de dos años. Llamaban de Bogotá y preguntaban por una vecina. “Le dije que no podía salir porque estaba cayendo arena. Ella insistía: ‘Pásenos a alguien por favor porque aquí está diciendo la televisión que el Nevado se vino, que hizo erupción’. No, aquí  no pasa nada, contesté. La radio lo único que está diciendo es que nos cubramos con pañuelos mojados. De pronto se fue la luz y al rato se cortó también la comunicación”.

Y sí, a 44 km de Armero, exactamente a las 10.30 de la noche, el cráter del volcán Nevado del Ruiz había hecho erupción como lo había solido hacer cíclicamente cada 140 años aproximadamente. Sin embargo, en esa ocasión sus consecuencias serían devastadoras. La lava expulsada provocó el deshielo de los glaciares. La nieve y el hielo derretidos causaron el desbordamiento de varios ríos, entre ellos el Lagunilla. Una incontenible creciente comenzó a acumular agua, lodo, piedras, rocas y árboles. La avalancha hacía retumbar la tierra y vino acompañada de un ruido ensordecedor. Llegó al pueblo una hora después. La gente apenas pudo reaccionar.

Un poco antes, Edylma había hecho que sus hijos se acostaran y cerró a conciencia puertas y ventanas. En el imaginario, Armero sólo debía haberse inundado. Pero no fue agua lo que se vino, sino una tremenda corriente de lodo que les sorprendió dentro de la casa. “No alcanzamos a subir a mis hijos a la terraza, no alcanzamos. Solo pudimos  encaramamos a la cama. Todo estaba oscuro. Los niños me decían que tenían mucho miedo. El lodo subía por todos los lados. Ya no había nada que hacer. Los pequeños dejaron de hablar. Mi niña Alcida Elena de siete años y los gemelitos Edison Alirio y Jesús Edwin de 9 se ahogaron allá. Yo quedé atrapada, apenas podía sacar las manos con las que seguía agarrando con fuerza a Edward, mi hijo más pequeño

Gladys Ramírez llegó a ver como la corriente entraba en el pueblo arrastrando todo lo que encontraba. Quiso llegar a la casa de su mamá pero apenas le dio tiempo a subirse con su niño Eduardo a una pequeña terraza. “La casa se partió y caímos todos al solar del vecino. Comenzamos a flotar dentro de una corriente espesa de lodo que nos arrastraba y como una licuadora nos metía y nos sacaba. Sentía como los muros de las casas se trituraban. Tenía a mi hijo cogido cuando la punta de la manta que lo tapaba quedó enganchada y empezó a estirarnos. Al tratar de zafarlo, una ola de barro me lo quitó y lo perdí, pero tengo la certeza de que no quedó atrapado. Fue la noche más larga de mi existencia. Quienes quedamos allá pensamos que el mundo se había acabado”, rememora Gladys.

El Hospital de San Lorenzo de Armero fue de los pocos edificios que, aunque semisepultado, quedó en pie. Ana Devia trabajaba allí de enfermera. Ese día tenía guardia y eso la salvo. No corrieron la misma suerte su marido Jorge Viña y sus dos hijos, Jorge Mauricio de 14 años y Gustavo Alberto de 8 a quienes vio por última vez media hora antes de la tragedia. “Nos resguardamos en el segundo piso. El primero quedó cubierto y ahí murieron las enfermeras que atendían urgencias. Yo y dos compañeras fuimos a la capilla. Nos arrodillamos, nos abrazamos, pedimos perdón y ahí nos quedamos esperando la muerte”.

Un desierto de arena

Solo a la madrugada del día siguiente se supo la magnitud del desastre. Armero, uno de los pueblos más prósperos en ese entonces de Colombia había desaparecido cubierto por una inmensa capa de lodo. Ya no había casas, solo un desierto de arena gris con miles de muertos, gente atrapada en el fango y vivos que parecían zombis caminando sin rumbo.   La historia de Armero llegó a su fin por tercera vez en 420 años, esta vez para siempre porque el pueblo ya nunca más volverá a reconstruirse. Hasta esa fecha Armero había sido una alegre y pujante localidad de 30000 habitantes, conocida como la ciudad blanca de Colombia porque era donde más algodón se producía.

Con la claridad del día llegó también el ruido de los helicópteros de rescate y la desesperación de la gente atrapada en el barro pidiendo auxilio. Edylma pudo entregar vivo a su niño Edward a un socorrista mientras ella siguió atrapada durante tres días en el lodo sin que nadie la rescatara. Sus otros tres hijos ya habían muerto y su marido estaba muy mal herido.  “Me dijo que no quería vivir, que no abandonaba a su niña y él la tocaba con su mano partida y lloraba porque esa niña era su adoración. Cuando agachaba la cabeza yo le levantaba la barbilla. Le supliqué que no me dejara. Mi esposo era un buen hombre. Cuando murió me puse a llorar. No tenía a Edward, no tenía a mis hijos, no le tenía a él. Llore un buen rato sobre todo ese lodo pensando en tantas cosas…”

Pero Edylma tomó la decisión consciente de seguir viviendo para poder  reencontrarse con el bebé que había entregado tres días atrás.  Entendió que la única forma posible de salir era cortándose ella misma la pierna y así lo hizo, primero con un vidrio y después con un machete. Tres días más tarde unos jóvenes la rescataron. “Mi peor trauma fue haber dejado allá a mis hijos. Dure mucho tiempo llorando pensando en eso”, dice Edilma que fue llevada a un hospital en Medellín donde le terminaron de amputar la pierna destrozada.

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Muy cerca de donde estuvo Omayra Sanchez, la niña que se convirtió en el símbolo de la tragedia, se encontraba otra joven de nombre Omayra. Tenía siete años más, pero igual el fango le llegaba hasta la barbilla y sus piernas aprisionadas y destruidas. Omayra Medina estaba además embarazada de tres meses. “Nos cayó la casa encima. Mi marido murió a mi lado. Estuve dos días junto a su cadáver aguantando hambre y calor. El tiempo pasaba y nadie venía a rescatarme. Dejé de sentir dolor en las piernas. En el momento más crítico me sacaron. No supe más hasta que me vi en un helicóptero rumbo a Bogotá donde me amputaron mis dos piernas”.

Según cifras iniciales, unas 8.000 personas lograron salvarse, Durante los días y meses después de la tragedia, la búsqueda de los seres queridos se convirtió en una odisea. Los que salieron ilesos y los familiares recorrieron hospitales, refugios, carpas, albergues, hogares de bienestar familiar, escuelas e iglesias donde llegaban los heridos. Muchas buscaban a menores que algún vecino o familiar sobreviviente les dijo que habían sido rescatados vivos o aparecían en las listas de supervivientes.

Los niños perdidos

Edilma Loaiza no busca a sus hijos. Tres de ellos murieron a su lado y con el más pequeño, el que entregó a un socorrista, se pudo reencontrar dos meses después. No ocurrió lo mismo en otros casos. 323 madres armeritas víctimas de la tragedia aseguran   que sus hijos o hermanos menores salieron vivos y jamás los volvieron a ver. Y es que de la erupción del Nevado del Ruiz se sabe que salieron muchos niños vivos. La improvisación y una mala gestión de la tragedia hizo que los dispersasen por muchos lugares del país para ser atendidos e incluso que fuesen entregados más tarde en adopción sin cerciorarse si sus familias estaban todavía vivas. Muchos de esos niños fueron vistos y reconocidos por sus familiares con posterioridad entre la infinidad de fotografías e  imágenes televisivas de socorristas rescatando niños que existen sobre la cobertura informativa de la tragedia.

Claudia Ramírez es una de las madres que busca a su hijo desaparecido tras la tragedia. Ella tenía entonces 22 años, estudiaba odontología en Bogotá y visitaba su ciudad todos los fines de semana para ver a su niño Andres Felipe de cinco años. Allí perdió a sus padres y creyó haber perdido al hijo hasta que un amigo la llamó para decirle que lo había visto vivo en unas imágenes del rescate en televisión. “Por mi intuición de madre yo nunca he sentido que Andrés Felipe estuviera muerto. Y el tiempo me ha dado razón.  Hace cuatro años por pura casualidad vi un programa de televisión donde se hablaba de Armero y en unas escenas del rescate se ve a mi hijo Andrés sano y salvo”. Claudia ha bregado mucho en esa búsqueda y no pierde la esperanza. “Andrés deber ser ya un hombre de 35 años, así que esperamos que sean ellos los que se motiven a buscarnos a nosotras y que las personas que los adoptaron o criaron les cuenten la verdad”, dice.

Muchas otras madres, una vez salieron de los hospitales, empezaron también desesperadas a buscar a sus hijos. Gladys Primo estuvo hospitalizada año y medio recuperándose de las graves heridas sufridas en sus piernas y pensando que sus niños estarían en casa. En Armero había perdido a su marido y la avalancha la separo de sus dos hijos; Nubia Isabel  de 8 años y  Jesús Manuel  de  10. Al salir supo que estaban desaparecidos, pero algunos testimonios le aseguraron que al niño lo habían rescatado con vida.

Y fue así. Cuando ya había empezado una nueva vida formando otro hogar y tuvo tres hijos más, lo reconoció en una noticia televisiva que recordaba la tragedia. Un socorrista lo tenía en sus brazos y lo subía a un helicóptero. El Canal le permitió ver de nuevo las imágenes con más detenimiento. No había duda. Emocionada y con lágrimas en los ojos corroboró que ese niño era Jesús Manuel. “Si él salió vivo, creo que Nubia, mi niña también”, expresa esperanzada.

Flor María pasó también un largo tiempo en el hospital. Allí no hizo más que preguntar por sus niños. Nadie sabía. Tres de sus cuatro hijos estarían vivos. Mientras ella permaneció ingresada, su hermana comprobó que las dos niñas; Gloria Patricia Tapiero Vargas de 11 años e Ingrid Tapiero Vargas de 9 aparecían en los listados de supervivientes de la Cruz Roja. Sin embargo, nunca los encontró. Tampoco a Daniel de tres años a quien vio en unas imágenes de televisión.

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Al contrario de otras madres, Gladys Ramírez nunca vio a su hijo en imágenes de televisión siendo rescatado, pero tras salir del hospital unos meses después, todavía convaleciente, tuvo una corazonada y fue hasta el aeropuerto de Ibagué. Allí dice que vio un matrimonio con apariencia extranjera con un niño que reconoció como su hijo. “Si de algo estoy segura es de no haber perdido la razón en ningún momento. Mi niño tenía un morado que parecía un chupón en la cadera del lado izquierdo. Me acerqué, tomé al niño y efectivamente tenía esa marca. Llegaron los guardas del aeropuerto y me lo arrebataron. No tenía forma como identificar que era mi bebé”.

Maria Mercedes Segura Ayala tenía 12 años cuando consiguió salir ilesa de la tragedia junto a su padre y una hermana. Desconoce el paradero de su madre y de su otra hermana pequeña pero tiene evidencias que sobrevivieron. “A mi madre me dijeron que la habían visto herida y muy trastornada porque al parecer la avalancha le había arrancado a mi hermanita de los brazos y pensaba que nosotros que vivíamos separados también habíamos muerto. Mi papá las estuvo buscando las primeras semanas. Hace cuatro años, para la conmemoración de la tragedia, un noticiero estaba transmitiendo en directo desde armero y apareció ella detrás de la periodista que hacía la transmisión. Un dibujante forense comparó esa imagen con una foto que guardo y me confirmó que eran la misma persona en un 90 por ciento de posibilidades. En cuanto a mi hermana ella también aparece muy claramente en unas imágenes de televisión donde se ve como era rescatada. Encontrarla puede ser más difícil porque tenía sólo cuatro años. Seguramente tendrá otra identidad, no recuerde lo que pasó y la hayan adoptado creyendo que era huérfana”.

Todas las madres y familiares que buscan a seres queridos se han encontrado muy solos en esa búsqueda. Llevan tiempo preguntando a las instituciones pertinentes del Estado que les diga cuántos niños sobrevivientes hubo, qué hicieron con ellos y a quienes se los entregaron. Nunca hubo respuesta. Todo fueron siempre evasivas y trabas. La Fundación Armando Armero fue la única que les tendió una mano. Su director es el periodista Francisco González, nacido en Armero y también víctima de la tragedia Desde hace diez años encabeza un proyecto para reconstruir la memoria histórica de su desaparecida ciudad y tomaron el compromiso de ayudar a las familias a reencontrarse. La Fundación recopiló sus historias, elaboró un libro blanco con todas ellas y creo un banco de adn gracias a la colaboración desinteresada del científico Emilio Yunis.

Vivir sin Armero.

Los armeritas que sobrevivieron a la tragedia se quedaron sin nada; sin casa, sin su sustento, sin su familia y prácticamente sin un porvenir y sin un futuro. Y no contaron en ningún caso con el acompañamiento del Estado que les olvidó y les dio la espalda. Las víctimas del Nevado del Ruiz se dispersaron así por toda la geografía colombiana. Muchos se quedaron en localidades cercanas como Lérida o Guayabal donde hubo planes de vivienda de la cooperación internacional, pero donde no abundaba el empleo. Unos rehicieron sus vidas, empezaron de cero y salieron adelante. Otros se hundieron más en el lodo. Los damnificados no olvidan tampoco que aquella ingente ayuda humanitaria que se recibió en forma de dinero e insumos apenas les llegó y se quedó por el camino.

“Los armeritas nos hemos sentido muy abandonados y desprotegidos. Cada quien ha luchado con sus propias herramientas para poder resurgir, tratar de echar raíces en otros lugares y estabilizarse nuevamente. Yo tuve una nueva familia maravillosa con dos hijos. Ellos saben todo mi pasado. No tengo una casa para mostrarles, tampoco los lugares donde transcurrió mi niñez y mi juventud pero lo tengo todo guardado en mi corazón”, dice Gladys Ramírez.

Omayra Medina estaba embarazada y recuerda que quiso morirse cuando le amputaron sus dos piernas. Permaneció seis meses en el hospital. Solo cuando tuvo a su hijo en brazos empezó a superar la depresión. Y tuvo dos más de una nueva relación, pero su vida no ha sido fácil.  “A las personas que perdimos parte de nuestro cuerpo nos deberían haber pensionado, pero no tenemos nada”, dice esta mujer cuyo únicos ingresos los obtiene vendiendo una lotería alegal llamada chance y que tuvo que interponer una demanda al Estado para poder obtener las prótesis de sus piernas.

Y es que los supervivientes de la tragedia tuvieron que tratar de aprender a vivir sin Armero, empezar de cero. Su mayor rabia sigue siendo saber que aquella tragedia pudo haberse evitado, que fue una tragedia anunciada. Expertos vulcanólogos habían advertido con anterioridad sobre los riesgos de una erupción y la actividad del volcán empezó a ser inquietante un mes antes. Las alertas no tuvieron ningún eco entre las autoridades nacionales ni las regionales. No hubo gestión de riesgo ni hubo sistemas de evacuación.

Hoy, 30 años después, a ambos lados de la carretera que une las poblaciones de Ibagué con Mariquita unas pocas ruinas hablan del desastre. Un desvío conduce al lugar más visitado de la zona, el hueco donde murió Omayra Sánchez, elevada a santa y repleto de placas, flores y ofrendas dándole las gracias por los favores recibidos.  Antes, un bonito monumento del artista armerita Darío Nova recrea en altorrelieve cómo era Armero. Muy cerca, una gran cruz recuerda la visita del Papa Juan Pablo II al lugar. Y más allá,   encontramos una de las enormes piedras que arrastró la avalancha. El resto de lo que fue este pueblo es abandono y desolación.

El Estado se comprometió a hacer un camposanto pero la naturaleza y las vacas se han tomado el lugar. Dentro de unos días, los armeritas volverán allí para conmemorar los 30 años de la tragedia y recordar a sus muertos. María Mercedes Segura lo hizo el año pasado por primera vez desde que tuvo que salir forzadamente hace tres décadas cuando tenía doce años. Tuvo sensaciones encontradas. “Se me removió todo. Mi casa fue de las pocas que quedó medio en pie. La maleza había ocupado lo que era mi cuarto y en la sala había un árbol. La primera impresión fue como de querer huir, pero luego me paré frente a la puerta y recordé que de allí un día salí corriendo sin pensar que ya no volvería nunca más”.

 

Un pensamiento en “Las otras Omayras

  1. I am a young Colombian who never lives in conflict, the reason is because I live in big city (Bogota), but in my heart I feel the war. Many times in my life I share with the victims of war, and The experience obdurately changes my life forever. I felt so depressed after the reprimands of the plebiscite , because it could change the lives of the victims through the “yes” vote, BUT I understood, the other people’s perspective of never saw the war and their victims and. At this moment I could find the solution, just when all people think of others that we could have a country in peace, I am very hopeful in the peace processe of Havana.
    And for people who think, I’m just a young man who was never at war and for this reason I can not say anything about what my position on the war and the peace process. I answer, i want peace with my heart saying I could understand you ( Not all but in one part) and for this reason I do not want my child to live in a country at war or conflict

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