Colombia, realismo trágico

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Concentración en defensa de los acuerdos de paz en Barcelona. Foto Javier Sulé

Bienvenidos a la realidad. Esto es Colombia. Cuando parecía tan cerca, todo se vino al piso. Del fin de la negociación y la firma de la paz a la encrucijada por el resultado del plebiscito. El No ganó inesperadamente. Cundió el desánimo, la rabia, la impotencia y la tristeza entre millones de colombianos y colombianas que aspiraban al menos a intentar construir un país mejor, lejos de la guerra. Abatidos por el desánimo, se preguntaron y ahora qué,  sin imaginar el alud de acontecimientos que todavía estaban por suceder y que de alguna manera hicieron resurgir la esperanza de que todavía se puede.

Un repaso rápido. La alta abstención, un 64 por ciento, jugó en contra. La indignación fue todavía mayor cuando de los análisis de los resultados se desprendía, en líneas generales, que allí donde más se sufrió la guerra se votó Sí. El caso de la localidad de Bojayá, la mayor cruz de las FARC, es paradigmático. Casí el 100 por ciento votó a favor.  Santos trató de dar tranquilidad anunciando que el cese al fuego continuaría al menos hasta el 31 de octubre. A las FARC todo el mundo le reconoce que se están portando muy bien a la expectativa de ver hacía donde deriva todo, pero con la lógica preocupación de ver como el mayor enemigo del proceso, el expresidente Uribe, lleva ahora la voz cantante.

Alvaro Uribe, expresidente de Colombia

Alvaro Uribe, expresidente de Colombia, ha tratado de dinamitar desde el principio las negociaciones con la guerrilla. El triunfo del No fue su triunfo. Foto: Javier Sulé

Y se supieron las mentiras y artimañas de la campaña del No liderada por el mismo Uribe y de toda la pobreza argumental que utilizaron para convencer a  muchos de los que acabaron votando en contra y paralizando el proceso. Y ese quizá fue el detonante para que, tras el shock inicial, empezaran las movilizaciones de cientos de miles de colombianos en las calles de todo el país para seguir defendiendo los acuerdos.  Y después Santos ganó el Premio Nobel de la paz, todo un espaldarazo a los acuerdos y una bofetada al expresidente. Y para acabar, de momento, el gobierno  anunció que abrirá por fin las negociaciones con la guerrilla del ELN en su intento de que la paz sea completa. El No y Uribe puede que empiecen a desplomarse frente a un emergente movimiento social y un respaldo internacional sin fisuras.

Con todo esto,  me he dado cuenta de lo acertado y justificado de mi presentación en las redes sociales: Javier Sulé, periodista y fotógrafo freelance. Enfocado en Colombia, un país con miles de historias.  Sin embargo, reconozco que estoy sintiendo cierta angustia por no poder estar allí y haberme perdido tantas cosas, tener que verlo todo desde la distancia. Me perdí la X Conferencia de las FARC donde la insurgencia aceptaba la dejación de armas y reconvertirse en un movimiento político. No fui a Cartagena de Indias donde el presidente Juan Manual Santos y el líder de las FARC Timonchenko sellaban un acuerdo histórico de paz que ponía fin a 52 años de conflicto armado.  Me autoconvencí  que mi trabajo empezaba el día 3 de octubre, considerado como el Dia D a partir del cual se iniciaba la implementación de los acuerdos y Colombia arrancaba una nueva y fascinante etapa transitando por la difícil senda de la construcción de paz.  No contaba con la victoria del No. Ahora está todo un poco en el limbo.

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La Ruta Pacífica de las Mujeres, una organización social de de miles de mujeres, con sus permanentes movilizaciones siempre defendieron la salida negociada del conflicto armado. Foto: Javier Sulé

Desde que me conecté el domingo a Internet a la una de la madrugada y vi el titular de la revista Semana diciendo que había ganado el No, no he dejado de pensar en todas aquellas personas que he conocido a lo largo de estos años; las que sufrieron la consecuencias de la guerra, las que resistieron en medio del conflicto armado y las que lucharon siempre contracorriente por conseguir una salida negociada a la guerra en unos tiempos que defender esa opción podía ser incluso una sentencia de muerte.

He recordado mis vivencias en todos esos territorios golpeados por el conflicto por los que he andado algunas veces; en el Salado, Bojayá, Toribío,  Jambaló,  Arauquita, Tame, Tumaco, Buenaventura, San Carlos, Granada, Satinga, los montes de María, por el río San Juan en el Chocó, por la Comuna 13 de Medellín, por Puerto Asis, etc, etc.

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En Toribió, el pueblo más hostigado por la guerrilla, un guardia indigena acompaña a los niños y niñas de Toribio ante un inminente enfrentamientos entre las FARC y el ejército. Foto: Javier Sulé

También aquí en Barcelona, en los días previos al plebiscito, la comunidad colombiana, muchos de ellos exiliados, se mostraba feliz.  Felices por la oportunidad histórica que su país tenía por delante. Días después, nadie de ellos podía esconder el llanto y el dolor por la decisión tan incomprensible que había tomado parte de su propio pueblo.

En estos días hemos leído muchas opiniones y reacciones a lo que ha pasado. Unos decían que no solo había ganado el no, sino también la indiferencia. Otros recordaron una famosa frase de Gabriel García Márquez que dijo que “el día en que Colombia encuentre la paz, la mata”. Hay muchísimas más. Yo he rescatado algunas como la de Leyner Palacios, uno de los líderes de las víctimas de la masacre de Bojayá, que afirmó que esta población recibió con una profunda tristeza la victoria del No. “Sentimos que el país urbano no comprendió la realidad y la necesidad de terminar este conflicto. Era una oportunidad grandísima que teníamos y se desaprovechó. Esperaba que los colombianos nos tendieran las manos”, dijo.

La investigadora Ana María Araoz reflexionaba en su blog: Lo que duele hoy no es el miedo de que el conflicto reinicie mañana. Lo que duele es ver que todas estas regiones apartadas y abandonadas del país van a seguir esperando la presencia del estado, la garantía de derechos y la participación política que han pedido desde la famosa carta abierta de Manuel Marulanda a Guillermo León Valencia en 1964, cuya respuesta fue un No bélico llamado operación soberanía. 52 años después Colombia vuelve a decirles que No.

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Los guerrilleros de las FARC ya lo tenían todo listo para abandonar sus campamentos y dirigirse a las zonas de concentración. Deberán esperar quien sabe por cuanto tiempo. Foto: Javier Sulé

Para Esneyder Gómez, consejero mayor indígena en el Norte del Cauca, una de las zonas más castigadas por el conflicto resultaba bastante paradógico que frente a los departamentos marginados que sufren la guerra, los que decidieran fuesen los que ven la guerra por televisión.

La abogada Marta Liliana Castellanos, indignada, acusaba a su país de ser una nación sin memoria y pedía perdón a todas las víctimas: “Llevo días escuchando miles de justificaciones absurdas del No, vomitivas todas, mezquinas y de poco contenido. Que si suben los impuestos, que si nos convertimos en otra Venezuela… Este no era un voto más, era una manifestación contra una barbarie que los que dijeron No han visto sentados desde sus cómodos televisores. La mayoría, motivados por discursos del odio a través de mensajes simples, absurdos y contundentes… Nos hemos comportado como un rebaño y hemos negado tantas muertes, tanto dolor y tanta generosidad de parte de las víctimas que han optado por el perdón, generando esperanza para que vengan otros tiempos… Sentí vergüenza de país, y ahora, como dicen por ahí en las redes, sí que he llegado a la conclusión que somos una patria boba, desmemoriada e ignorante, pero peor a la ignorancia es negar el dolor de los demás….esa indiferencia abrumadora……

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Muchos colombianos y colombianas sienten el resultado especialmente por las millones de víctimas que ha producido el conflicto, como las que hubo en la localidad chocoana de Bojayá. FOTO: JAVIER SULÉ

 Igualmente bonitas fueron las palabras de John Jairo Hoyos, hijo del exdiputado del departamento del Valle Jairo Hoyos, asesinado en cautiverio por las FARC. Hoyos Junior hizo un llamado a las partes para que no se disolviera una nueva oportunidad de mantener los diálogos ante la victoria del No. “Hoy sentimos un inmenso dolor en el corazón y en alma, muy parecido a lo que sentimos cuando secuestraron a mi padre. Por ello la sociedad civil debe unirse para que encontremos una salida para la paz“, manifestó.

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