El Salado nunca más

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Una joven saladera conmemorando el aniversario de la masacre de El Salado. Foto Javier Sulé

Las masacres ocurridas en la guerra colombiana forman parte de la memoria del conflicto y los niveles de crueldad exhibidos en ellas una de las caras más tenebrosas del mismo. El pueblo de El Salado, a apenas tres horas de la turística Cartagena de Indias, vivió una de las más terribles. He podido ir allí en dos ocasiones. Esta es la primera de mis crónicas que recuerda aquellos hechos y como hoy, 16 años después del horror, los saladeros siguen tratando de recobrar la normalidad y de superar o convivir con un trauma que marcó sus vidas para siempre.

Me cuenta doña Gladys Posada (nombre cambiado) que la gran tragedia se empezó a gestar dos días antes. Aquel 16 de febrero del año 2000 su convecina María Cabrera y su esposo bajaron a El Carmen de Bolivar, a unas dos horas entonces de El Salado, cuando un retén paramilitar retuvo el jeep donde viajaban. Hicieron bajar a todos los pasajeros, los interrogaron y los revisaron. A una de ellas, Edith Cárdenas Ponce, la acusaron de ser guerrillera, la apartaron del grupo y la asesinaron a sangre fría. Lo mismo hicieron con Carlos Eduardo Díaz, otro de los pasajeros. A María y su marido los dejaron ir. En cuanto llegaron al destino llamaron a su hijo para que alertara al pueblo de lo sucedido y que avisase que todas las vías de salida estaban bloqueadas por las Autodefensas paramilitares.

“Como es un pueblo pequeño, todo el mundo empezó a murmurar, a sentir miedo y desesperación por saber si habían matado a alguien o no. Muchos por temor empezamos a huir hacia el monte. Yo me fui con dos de mis hijos el 16 y el 17 estuvimos todo el día sin comer y sin tomar agua. Las condiciones eran muy duras sobre todo para los pequeños, así que en vista de que no pasaba ni oíamos nada decidimos regresar. En mi grupo lo hicimos como unas 20 personas. La noche del 17 no me quedé en mi casa, sino donde una madre comunitaria. Éramos unas 50 personas en esa casa. Pasamos toda la noche sin dormir” recuerda Gladys.

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La plaza de El Salado donde los paramilitares reunieron a la gente del pueblo para cometer la masacre. Foto: Javier Sulé

A las nueve de la mañana del día siguiente, un  grupo de unos 450 paramilitares armados hasta los dientes entraron en la localidad. Recorrieron el pueblo pateando las puertas de las viviendas y obligando a los pobladores a salir con insultos y gritos acusándolos de guerrilleros. Los que trataron de huir fueron baleados. Todo el pueblo fue reunido en la plaza. Separaron a los hombres de las mujeres y los niños. Comenzó entonces el horror con una primera ejecución pública.

La ruleta de la muerte

Diorselina Torres fue una de las tantas saladeras y saladeros que fueron obligados a presenciar aquella orgía de sangre. “Estábamos rodeados de gente uniformada. Colocaron a todo el mundo en medio de la cancha de baloncesto y  fueron asesinando personas sin darles la oportunidad de defenderse.  Mis sobrinas eran muy pequeñas y ellas también lo vieron todo. Al principio parecía que los paramilitares traían listas con los nombres de la gente que tenían que matar pero luego, en medio de todo eso, estaban como drogados y al final no miraban ninguna lista y lo que acabaron haciendo fue un sorteo donde contaban del uno al 30 y al que le tocaba el 30 lo mataban y después contaban hasta 10 y así varias veces”, me explica Diorselina , que hoy es la profesora de primaria en el pueblo.

“Mi hijo era de los que estaban sentados en la cancha. Le empezaron a preguntar cosas, le hicieron que mostrara las manos y que se quitara el suéter para comprobar que no tuviese marcas que le delatasen como guerrillero. Ya después cuando empezaron a matar a la gente al azar, yo decía Dios mío que no le vaya a tocar a él.  Fue horrible.  A mí me pusieron al lado de la  iglesia. Allí pase todo el día con mis hijas hasta que me quitaron a la que tenía 12 años y se la llevaron. Salí detrás de ellos y llegue al lugar donde la tenían ya desnuda. Me echaron encañonándome con el fusil diciéndome guerrillera malparida. A mi hija le decían que si su novio era guerrillero. Me la devolvieron a la una de la tarde semidesmayada”, me cuenta Gladys Posada.

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Gladys Posada (nombre cambiado), sobreviviente de la masacre de El Salado. Foto: Javier Sulé

Aquel 18 de febrero del año 2000 asesinaron en el pueblo a 28 personas, 17 de ellas en la cancha de baloncesto ante la vista de todo el pueblo. Luis Pablo Redondo fue uno de ellos. Tras acusarlo de ser guerrillero le destrozaron la cabeza con una ráfaga de disparos. Un paramilitar cogió sus sesos como trofeo y se los mostró a todo el pueblo diciendo  que así aprendían a no meterse en la guerrilla. Luchito, como lo conocía todo el mundo, tenía 27 años y sólo era profesor. Su madre, Rosmina Torres, de 46 años, corrió la misma suerte cuando después de matar a los hombres, los paramilitares empezaron a molestar a las mujeres. La golpearon, la estrangularon y la apuñalaron. Los paramilitares dijeron que ella sería la última mujer que iban a matar.

Los ‘paracos’ celebraban cada muerte como una fiesta, me explica Gladys Posada.  “Cada vez que mataban tocaban los tambores que habían cogido de la casa de la cultura. Y además ponían a los loros a pelear con gallos finos y encendían los equipos de sonido que encontraban”, lamenta.  Cuando los paramilitares dieron por acabada su macabra matanza, hicieron volver a la gente a sus casas, pero ellos no se fueron. Permanecieron en el pueblo dos días más saqueando, bebiendo y poniendo música día y noche.

Virginia Redondo no presenció la masacre. Regresó a El Salado tres días después,  cuando ya se habían marchado los paracos. Virginia era hija de Rosmina Torres y hermana por tanto de Luchito, dos de las víctimas de la plaza. Su terquedad la salvó porque había decidido permanecer refugiada en el monte a donde había huido con su familia dos días antes con las primeras alertas. Sin embargo, su  madre  y sus hermanos, al igual que otros muchos saladeros sí decidieron regresar al ver que no estaba pasando nada.

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Virginia Redondo perdió a su madre y a un hermano en la masacre de El Salado. Foto: Javier Sulé,

“Cuando volví vi los cadáveres de la gente en la plaza. Me encontré con mi hermanito menor. Él si presenció la masacre. Me sonrió, me abrazó y me dijo ‘Dios me escondió. Mamá y Pablo están allá’. Y porque no estás cuidándolos, le pregunté. Y sí los había estado cuidando para que los perros no se comieran los cuerpos. Me puse a enterrarlos en un hueco. Otras familias me imitaron. No había ataúdes y había temor de ir al cementerio por una posible presencia paraca”, me recuerda Virginia.

A la par que Virginia, llegó también la Infantería de Marina. Nadie se explica cómo lo hicieron tan tarde y no detectaron tan amplia presencia paramilitar en la zona y tampoco algunos sobrevuelos que realizaron con sus propios aviones. Los sobrevivientes comenzaron a velar y a enterrar a sus muertos en fosas comunes por su avanzado estado de descomposición. “Nosotros vinimos a llorar a nuestros seres queridos tres días después, cuando los paramilitares ya se habían ido. Nos habían prohibido llorarlos y el  miedo y la impotencia son sentimientos encontrados que uno no sabe cómo manejar. Yo perdí a un primo, pero todo El Salado era como una gran familia. La masacre como tal fue el 18, pero en los días anteriores los paras ya habían asesinado a mucha gente en otras veredas y corregimientos cercanos”, me lamenta Diorselina Torres.

2 pensamientos en “El Salado nunca más

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