Buenaventura, el puerto que negó a su ciudad (y III)

La salud es un derecho vulnerado en Buenaventura. Foto: Javier Sulé

La salud es un derecho vulnerado en Buenaventura. Foto: Javier Sulé

Mientras la importancia estratégica y económica del puerto de Buenaventura crece, la ciudad que lo alberga se ha ido degradando y sus condiciones sociales de vida son una verdadera vergüenza. Es una situación largamente denunciada y repetidamente diagnosticada que, lejos de mejorar, empeora día a día. Lo reconocen incluso informes empresariales como el que realizó Fededesarrollo y que hablaba de Buenaventura como la suma de las paradojas. “Es un municipio con altas potencialidades frente a unas realidades sociales totalmente decepcionantes”, decía.  

Un moderno puerto convive en medio de una ciudad y una población absolutamente marginada. Como indicaba Gearóid Ö Loingsigh en su libro La reconquista del Pacífico “no importa el indicador que uno escoja, los negros salen mal parados en todo. Son más pobres, tienen menos años de escolaridad e ingresos inferiores al promedio y las tasas más altas de desnutrición”. También el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en un informe dedicado a Buenaventura en 2008 hablaba en términos parecidos: “Buenaventura es uno de los municipios que le genera más recursos a la nación, pero donde hay mayor cantidad de personas pobres”, señalaba

Yo mismo Recuerdo que una de las primeras veces que tuve constancia de esa situación fue viendo el documental Colombia invisible de Unai Aranzadi. El reportero vasco grababa las duras condiciones de vida de una comunidad indígena desplazada cerca de Buenaventura y mostraba la muerte de una niña como consecuencia de la situación de vulnerabilidad que vivían. Ese mismo día del fallecimiento de la pequeña, el periodista acudía también a la inauguración de la terminal marítima que ponía en marcha la empresa española con sede en Barcelona TCBUEN y contraponía esa imagen con las de la gran pomposidad del acto que contó con la presencia de la creme de la creme empresarial y polítca del país, entre ellos el presidente de la Republica Juan Manuel Santos.

El obispo Valencia Cano

El contraste entre la prosperidad del puerto y la situación social de los y las bonaverenses no es nuevo. El intelectual y estudioso de la ciudad Jacques April-Gniset ya indicaba que la riqueza entraba o salía por el puerto, pero nunca nada se quedaba para el mejoramiento del población y hacía notar que la inversión pública se orientaba fundamentalmente a optimizar los servicios portuarios y no a cubrir las necesidades de la gente. También el obispo de Gerardo Valencia Cano alertó en voz alta hace 50 años sobre la agudización general de la pobreza en Buenaventura y señalaba hacía donde apuntaba su crecimiento. Monseñor denunciaba la destrucción de ecosistemas con la tala indiscriminada de árboles y el agotamiento del mangle por parte los intereses económicos representados en aquel momento por las madereras.

El obispo de Buenaventura vivió también en primera persona los primeros desalojos cuando el puerto empezaba ya a necesitar su espacio. Algunos fueron muy violentos como el que ocurrió en 1963 en los barrios de Cristo Rey, Balboa y Antonio Nariño. Las máquinas de dragado empezaron a sepultar las viviendas con la gente dentro. Valencia Cano acudió de inmediato y se puso delante de la draga para impedirlo. Cuentan que la arena le llegaba ya hasta las rodillas y lo tuvieron que sacar a la fuerza. Centenares de familias se quedaron sin sus casas para dejar paso a las primeras ampliaciones del puerto y no existe mucha claridad en las noticias de la época sobre si hubo muertos o no en esos desalojos. El comprometido religioso hablaba ya de violencia institucional por parte del Estado y se convirtió en un personaje incómodo que no tardaron en señalarlo como guerrillero hasta que murió en un sospechoso accidente de avión el 21 de enero de 1972.

A pesar de sus grandes riqueza hídricas, la escasez y racionamiento de agua en Buenaventura son el pan de cada día. foto: Javier Sulé

A pesar de sus grandes riqueza hídricas, la escasez y racionamiento de agua en Buenaventura son el pan de cada día. foto: Javier Sulé

Cincuenta años después, no solo nada parece haber cambiado, sino que ha empeorado. Las cifras son contundentes. Un 40 por ciento de la población tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Según un estudio de Human Rights Watch, la tasa de pobreza de Buenaventura alcanzó el 80 % y el desempleo el 40 %, cuatro veces más que la media nacional. Una de la situaciones más vergonzosas es el acceso al agua. Se considera insólito que una ciudad que cuenta con once cuencas hidrográficas y altísimos índices de pluviosidad no tenga agua potable las 24 horas del día ni el servicio llegue a todos los barrios o lo haga sólo por horas y en días alternos. Los y las habitantes de Buenaventura han salido a protestar a menudo por el derecho al agua. Recientemente lanzaron una curiosa campaña llamada “Totumatón por Buenaventura” en la que se visibiliza la falta de agua en la ciudad por culpa del deficiente servicio de acueducto. Además, existe una gran indignación entre la gente porque mientras la ciudad padece la escasez y el racionamiento del agua, el puerto y los barcos que allí llegan la reciben sin problema. A todo esto se suma un pésimo servicio de alcantarillado.

Salud y educación

La calidad de la educación en Buenaventura es muy baja con altas tasas de analfabetismo, abandono escolar y una mala cobertura escolar. En positivo, Buenaventura cuenta con dos universidades públicas. Una de ellas, la Universidad del Pacífico, creada en 1988, tiene algunas carreras técnicas ligadas a las necesidades de la actividad portuaria. Sin embargo, existe una cierta percepción real de que los mejores y más cualificados empleos los ocupan siempre “gente de afuera”. En ese mismo sentido algunos estudios y líderes sociales de Buenaventura aseguran que existe una discriminación económica negativa hacia la población afrodescendiente en el mercado laboral, según la cual la población nativa tiende a ser empleada en puestos de mediana y baja cualificación con trabajos mal remunerados. Igualmente, sostienen que permanece un racismo latente arraigado entre la clase dirigente blanca colombiana.

El chikunguya i el dengue hemorrágico tienen una gran incidencia en la población de Buenaventura. Foto: Javier Sulé

El chikunguya i el dengue hemorrágico tienen una gran incidencia en la población de Buenaventura. Foto: Javier Sulé

La estructura y la atención sanitaria también es muy deficiente. Lo pude comprobar personalmente cuando a consecuencia de la mordedura de un perro me tocó recorrer casi todos los centros sanitarios de la ciudad para conseguir la vacuna antirábica y observar la precariedad de medios con la que se trabaja. En 2013 se cerró por quiebra económica el Hospital público Departamental con lo que Buenaventura se quedó sin el único hospital de segundo nivel que disponían. Las personas se ven obligadas ahora a desplazarse a Cali, a más de dos horas por carretera, para poder ser atendidas. Para una población de 400000 habitantes no cuenta con más de 60 camas hospitalarias y son del sistema de sanidad privado. Por poner un solo indicador, la tasa de mortalidad infantil en 2008, según el PNUD, era de 47,8 por cada 1000 que nacen vivos. Es una cifra muy alta porque los expertos la relacionan con deficiencias en el acceso a la salud de las madres en la etapa de gestación y de los neonatos en su primer año de vida. Altas tasas de mortalidad infantil se asocian también a la falta de agua potable y a una nutrición deficiente. La mortalidad de niños y niñas afrodescendientes es el doble con relación al resto del país.

Este post forma parte del trabajo que se realizó junto a María Jesús Pinto y Tomàs Gisbert para elaborar un informe sobre la actuación de la empresa catalana Grup TCB en Buenaventura para la Mesa Catalana por Colombia en Cataluña y que se presentó en el Parlamento catalán.

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