Doris Rivera: “Por miedo permitimos que el Ejército cometiera muchos abusos”

Doris Rivera, líder social de la Región del Meta. Foto: Javier Sulé

Doris Rivera, líder social de la Región del Meta. Foto: Javier Sulé

Ni las constantes amenazas ni la persecución, ni tan siquiera haber sufrido varios atentados han hecho desistir a esta reconocida líder social de su trabajo como defensora de derechos humanos en favor de las comunidades del Ariari, en el Meta. Para proteger su vida ha tenido que ir de un lugar a otro como desplazada y hasta vivir un tiempo refugiada en España. Es el coste de denunciar y visibilizar los atropellos que comete la fuerza pública contra la población civil en su región.

En Villavicencio, la capital del Meta, se dio cita parte de una misión internacional de verificación sobre la situación de los defensores y defensoras de derechos humanos en Colombia. Habíamos quedado todo el grupo para cenar en un lugar del centro. No habían llegado todos cuando sonaron unos disparos en la calle. Vimos a gente correr en medio de la confusión y salimos rápidamente preocupados por los que no estaban.

A cincuenta metros los curiosos empezaban a arremolinarse alrededor de un cuerpo ensangrentado tendido en el suelo. La policía había abatido a un hombre que al parecer había robado un ordenador portátil en un comercio de la zona.

 Doris Rivera apareció segundos después en el lugar de la cita con la cara desencajada. Justo había bajado de un taxi en el momento que empezaron los disparos. Pensó que esos disparos iban dirigidos a ella. No era extrañó que así fuese. Varias veces eran ya las que habían atentado contra su vida.

Doris Rivera tenía 18 años cuando tuvo que desplazarse por primera vez junto a su familia. Habían recibido una amenaza paramilitar en la que se les advertía que o pagaban la vacuna (impuesto) o debían atenerse a las consecuencias. “Viviamos en el Magdalena Medio. Mi papá tenía una finca y un ganado. Nos pedían cinco millones de pesos al año. Era mucha plata y eso significaba financiarles. Decidimos salir”.

 La familia de Doris se instaló en Vistahermosa, en el Meta. Ella empezó a trabajar alfabetizando a la gente que no sabía leer ni escribir, les ayudaba también a realizar gestiones públicas y convirtió una casa en una escuela donde los vecinos que más estudios tenían enseñaban a los niños hasta que lograron la adjudicación de un profesor.

La primera de la lista

Pero pronto llegaron de nuevo los paramilitares y empezó la persecución contra Doris como líder comunitaria. La acusaban de trabajar para la guerrilla. “Un día camino de casa nos dieron el alto. Tenían una lista y la primera era yo. Nos bajaron a mí y a tres hombres, nos pegaron en la cara, nos pusieron el fusil en la cabeza y nos tiraron al piso. Una ya sabía que cuando estabas en la lista era difícil salvarse, pero el comandante había ordenado que primero me llevaran ante él”, me explica.

“Cuando me recibe – continua Doris- me encuentro con la sorpresa que era un antiguo amigo mío que antes de ser paramilitar había sido también líder comunitario. Me dijo que no quería que me pasara nada y que huyera porque tenían órdenes de exterminar a todos los presidentes de las Juntas de Acción Comunal de la zona y también a todos los integrantes de la Unión Patriótica (UP). Él sabía que yo era militante de la UP”, recuerda.

Doris Rivera, líder social de la Región del Meta. Foto: Javier Sulé

Doris Rivera, líder social de la Región del Meta. Foto: Javier Sulé

Doris Rivera decidió irse para el Tolima.  Allí pasó tres años trabajando recogiendo café hasta que decidió regresar y seguir luchando por la comunidad. Sin embargo, la situación seguía siendo insostenible y escapó de milagro a un nuevo intento de asesinato. Pero lo peor con diferencia fue que atentarán contra su hija de 16 años. “Recibió siete impactos de bala y estuvo seis meses hospitalizada. Se consiguió salvar. Durante todo ese tiempo nunca pude ir a visitarla por seguridad. Cuando salió me la lleve para un pueblito, así que nos tocó marcharnos nuevamente de Vistahermosa y empezar de cero”

El trauma por el que asegura han pasado sus hijos ha sido para ella lo más duro:  “Desde muy chiquitos les ha tocado correr de aquí para allá, meterse debajo de la cama o de la mesa para protegerse de las balas, recibir amenazas o llegar a casa y encontrarse un panfleto dirigido a su madre que decía: ‘desmovilícese perra hija de puta, sabemos dónde vive’. Siempre pienso que si no fuera por mí, quizá ellos estuvieran viviendo otra vida”.

De sobresalto en sobresalto, esta antigua concejal de la Unión Patriótica y miembro del Comité de Derechos Humanos de Vistahermosa ha sido a lo largo de su vida testigo de terribles violaciones de derechos humanos en su región; ejecuciones extrajudiciales, masacres, desapariciones forzadas, desplazamiento forzado, detenciones masivas o bloqueos económicos y sanitarios donde la fuerza pública no dejaba pasar alimentos y medicamentos suficientes para la población campesina con el pretexto de que pudieran ser para la guerrilla.

Valió la pena

 A pesar de todo, Doris afirma rotunda que el trabajo realizado no ha sido en vano: “Por miedo habíamos permitido que el Ejército cometiera muchos abusos hasta que nos constituimos legalmente como Comité de Derechos Humanos de Vistahermosa y empezamos a capacitarnos en derechos humanos. Vemos que la gente ha tomado conciencia, se ha llenado de valor y ha perdido el miedo, es capaz de denunciar, de defenderse de los atropellos y de defender sus derechos.

Luego tuvimos el acompañamiento internacional que nos dio cierta tranquilidad porque nos garantizaba el derecho de reunión y poder transitar con más seguridad por la región. Organizaciones de protección de defensores como IAP o entidades religiosas como los claretianos nos ayudaron y acompañaron mucho. Lo siguen haciendo”

Aun así, la situación personal de Doris Rivera sigue siendo delicada incluso después de regresar de España donde pasó un tiempo como refugiada. Todavía no puede vivir demasiado tiempo en un mismo lugar y ha de visitar las veredas de su región con suma precaución. 

Alguna vez pensando en sus hijos se planteó dejarlo, pero su compromiso por las comunidades siempre se acaba imponiendo“He visto esas masacres, a esas madres llorando cuando les entregan los restos de su hijo en una cajita después de 15 años de desaparecidos, he vivido un sinfín de situaciones injustas y el abandono total de la región por parte del Estado. Todo eso te indigna y te rebela. Pero también soy madre cabeza de familia de cinco hijos y me ha tocado muy duro enfrentar esta situación con ellos. Sacarlos adelante no ha sido fácil. Pero si lo dejo eso no me garantiza que no me vayan a matar, al contrario, quedo más expuesta. No vale la pena haberme quemado las pestañas durante 18 años haciendo trabajo comunitario y de defensora para dejarlo todo ahora”, concluye Doris Rivera.

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