Bojayá, ni justicia ni reparación

Niños jugando a fútbol en Bellavista Nuevo. Foto: Javier Sulé

Niños jugando a fútbol en Bellavista Nuevo. Foto: Javier Sulé

 María Eugenia Panero sueña con regresar algún día al pueblo de Bellavista, la tierra sana y bonita que dice había sido antes de la masacre ocurrida el dos de mayo de 2002 y a la cual sobrevivió. “Me gustaría un Chocó libre de violencia, que tuviéramos una paz espectacular donde arregláramos los problemas con el diálogo, que una pudiera moverse para cualquier parte sin temor a que alguien le pueda estar esperando para hacerle una maldad, que nuestros hijos salieran de casa y tuviera la certeza como madre que van a regresar, que la gente muriera de vieja o de enfermedades naturales, no de violencia. Quiero un Chocó donde seamos humildes y que aun siendo pobres no perdamos nuestra cultura ni nuestra identidad” me dice emocionada.

 Para la gente adulta de Bellavista, toda esta zona del Medio Atrato ya no es la misma que la de su infancia y juventud, donde se criaron y crecieron libremente. La guerra entró en sus vidas y la violencia generada fue tan brutal que hizo mella en su cultura y en sus tradicionales formas de vida. Dos terceras partes de la población que se desplazó tras la masacre ya regresaron con la esperanza de volver a rehacer sus vidas. El Estado construyó una nueva ciudadela a un kilómetro del viejo pueblo masacrado. La entregó hace siete años beneficiando a parte de los afectados por la barbarie de 2002.

Una calle de Bellavista Nuevo. Foto, municipio de Bojayá. Foto: Javier Sulé

Una calle de Bellavista Nuevo. Foto, municipio de Bojayá. Foto: Javier Sulé

Bellavista Nuevo con sus 264 casas construidas de adobe se ve algo artificial. Las calles están pavimentadas, hay una biblioteca, un jardín de infancia, una escuela, centro de salud y hasta un pequeño estadio polideportivo con tribuna cubierta. El Gobierno colombiano suele presumir mostrando la obra como un ejemplo de reparación a las víctimas del conflicto armado, pero la visión de la mayoría de los vecinos beneficiarios dista mucho de esa percepción.

Pista polideportiva en Bellavista Nuevo, Bojayá, Chocó. El Estado gastó 35.000 millones de pesos en la construcción de un nuevo pueblo. Foto: Javier Sulé

Pista polideportiva en Bellavista Nuevo, Bojayá, Chocó. El Estado gastó 35.000 millones de pesos en la construcción de un nuevo pueblo. Foto: Javier Sulé

 La propia Diócesis de Quibdó que acompaña a estas comunidades considera que con los 35000 millones de pesos que se gastaron en la nueva ciudadela hubieran podido hacer un muy buen plan de desarrollo para todos los municipios y ayudar a mucha más gente. “Las casas muestran ya un deterioro significativo y no están acorde con el tipo de familia campesina de la región. Nos hubiera gustado una reparación más integral, con proyectos productivos y con calidad de vida, no reducirlo únicamente a unas casas”, me explica el Padre Antún.

 “Bojayá- añade Leiner Palacios, abogado de la asociación Cocomacia, es un pueblo muy agrícola y si la gente no tiene posibilidades de producir la tierra, de nada sirve que vivan en unas casas “bonitas”. Además el alcantarillado es deficiente, sus calles se siguen inundando cuando llueve y apenas tienen cuatro horas de luz al día, por no hablar de lo mal que funciona la educación y la precariedad del centro de salud donde nunca se encuentran las medicinas que se necesitan para atender un paludismo o unos problemas diarreicos. Entonces, no entiendo de qué reparación están hablando”

Niñas jugando en la puerta de la casa, Bellavista Nuevo, Bojayá, Chocó. Foto: Javier Sulé

Niñas jugando en la puerta de la casa, Bellavista Nuevo, Bojayá, Chocó. Foto: Javier Sulé

Macaria allín recuerda con nostalgia el viejo Bellavista y no se siente ni mucho menos reparada con la nueva vivienda que le adjudicaron. Pero poco queda del antiguo pueblo. Apenas las ruinas de algunas casas comidas por la maleza, el edificio donde vivían las Hermanas Agustinas Misioneras y la iglesia donde ocurrió la masacre, hoy vacía y convertida en santuario. “Antes de la masacre nosotros teníamos nuestras casas. A cambio el Estado nos dio otra con menos amplitud, mal construida y que tuve que arreglar porque con las lluvias siempre se me inundaba. A mí me hubiera gustado retornar a Bellavista Viejo, pero el Estado alegó que era una zona de riesgo por inundaciones”, me dice Macaria

Resistencia en el Medio Atrato

 El mismo Estado que hoy presume de haber reparado a Bojayá construyendo un nuevo pueblo podía haber evitado la tragedia que lo originó si hubiera hecho caso de las alertas que se le hicieron reiteradamente. “Desde el momento en el que llegaron los paramilitares a la zona supimos que iba a producirse una confrontación muy fuerte con la guerrilla y que la población civil estaba en máximo riesgo. Desde la Diócesis de Quibdó realizamos todas las alertas tempranas y pusimos también la situación en conocimiento de Naciones Unidas que hizo a su vez sus propias alertas”, me recuerda Uli Kollwitz, sacerdote de la diócesis

El Gobierno y la fuerza pública- continua Uli- no reaccionaron. Y no sólo no hicieron nada, sino que ahora ya sabemos que los paramilitares llegaron al lugar con la complicidad del Ejército. Nadie puede entender que con la cantidad de controles y retenes militares que había en el río no viesen a las siete embarcaciones en las que iban unos 300 paramilitares fuertemente armados”

 Tampoco nadie ha pagado todavía por la masacre de Bojayá. Ni la guerrilla que lanzó el artefacto que causó las 79 muertes, ni los paramilitares que provocaron los enfrentamientos y utilizaron a la población civil de escudos humanos, ni la fuerza pública a la que se acusa de connivencia con los paramilitares.

Transporte fluvial por la zona del Medio río Atrato. Foto: Javier Sulé

Transporte fluvial por la zona del Medio río Atrato. Foto: Javier Sulé

 Mientras, unas 19 comunidades negras y unos 30 resguardos indígenas siguen su vida a orillas de esta zona del medio río Atrato del municipio de Bojayá, en el departamento del Chocó, viviendo con dificultad de la agricultura, la pesca o la madera. Los actores armados, aunque no tan visibles, siguen ahí y uno de los problemas de la población ya no es sólo el desplazamiento, sino también el confinamiento.

 Las comunidades indígenas y afros del Pacífico fueron siempre de las grandes olvidadas de Colombia. Es la región del Chocó en general uno de esos lugares que, como en tantos otros del Pacífico colombiano, uno se pregunta siempre como es posible que la gente sea tan pobre en un lugar tan extremadamente rico que atrae la presencia de grandes corporaciones para explotar sus recursos naturales.

Jovenes tocando chirimía en Bellavista Nuevo, Bojayá, Chocó. Foto: Javier Sulé

Jovenes tocando chirimía en Bellavista Nuevo, Bojayá, Chocó. Foto: Javier Sulé

 Con todo, a  los chocoanos, en particular a los afros, no es difícil verlos contentos. Aquí les gusta el baile y como ellos mismos dicen, la calentura. Bajo un arcoíris espectacular los niños juegan al fútbol apenas deja de llover, las mujeres improvisan una partida de bingo y unos jóvenes cantan hip hop o tocan chirimía. Las comunidades buscaron la manera de mantenerse unidas, justo lo contrario de lo que quería la guerra.

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