Dos de mayo en Bojayá

Conmemoración de los 12 años de la masacre de Bojayá, en el Chocó. Foto Javier Sulé

Conmemoración de los 12 años de la masacre de Bojayá, Chocó. Foto Javier Sulé

Fueron 79 las personas masacradas – 49 de ellas niños y niñas – y un centenar las personas heridas. Todas ellas se habían refugiado en la iglesia para protegerse de los combates entre guerrilla y paramilitares, pero un cilindro bomba lanzado por las FARC cayó directamente en el altar del templo, precisamente donde se encontraban los niños, las niñas y las mujeres embarazadas. Ayer regresé de Bellavista, en el municipio de Bojayá. Lo hice bastante conmovido la verdad. El dos de mayo se conmemoraba en esta localidad del departamento del Chocó situada a orillas del río Atrato el décimo segundo aniversario de ese horror, de la conocida como masacre de Bojayá. Un día donde el dolor de toda una comunidad revive con un sentido difícil de describir.

En el pueblo de Bellavista dicen que no habían conocido la violencia hasta que el 21 de abril de 2002 unos 400 paramilitares llegaron a la zona con la intención de arrebatar el control del llamado medio Atrato a la guerrilla, que desde dos años atrás hacía presencia en la región. Las FARC se replegaron tácticamente pero no iban a ceder el dominio sin resistencia.

El día uno de mayo los enfrentamientos fueron muy fuertes. Como las casas eran de madera, la mayoría de la población pensó que lo mejor era resguardarse en la casa de Dios, construida con muros de adobe. Allí pasaron la noche enmedio del fuego cruzado. A la mañana siguiente explotó la pipeta, como aquí llaman a los cilindros bomba que utiliza la insurgencia.

Macaria Allín es una de las supervivientes de la masacre. Se resguardó en la iglesia con dos de sus hijas y su hermana. Cuando explotó el artefacto se fue al suelo con su niña de dos años. “Perdí como el sentido. Cuando lo recobré todo estaba oscuro, lleno de humo y con un olor horrible. Quedé herida en las piernas, no podía caminar, me dolía la columna, respiraba con dificultad y sangraba mucho por la boca. Mi hija mayor también estaba muy lesionada. Pedí a otra persona que se llevaran a mi niña pequeña con las misioneras porque yo pensaba que me iba a morir”, me cuenta. 

Macaria Allín, superviviente de la masacre de Bojayá

Macaria Allín, superviviente de la masacre de Bojayá. Foto: javier Sulé

María Eugenia Panero también quedó malherida en la Iglesia. Ella sigue viviendo como desplazada en Quibdó, capital del Chocó, pero todos los años regresa para la conmemoración del dos de mayo. “Es un día muy doloroso, especialmente cuando recuerdo a los niños que murieron. Ellos eran la alegría del pueblo. Le doy gracias a Dios por estar viva, pero me hubiera gustado que todas las personas que murieron hubieran quedado como yo, sólo con cicatrices”, me dice con lágrimas en los ojos.

Para María Eugenia, los paramilitares les utilizaron como escudos humanos. “Ellos se apostaron detrás de la iglesia y quedamos en medio del fuego. El Padre Antún, el Padre Janeiro y el Padre Antonio les dijeron que se retiraran porque nos estaban poniendo en riesgo”, me asegura.

“Cuando explotó la pipeta . prosigue Maria Eugenia – la iglesia quedó totalmente oscura, una no distinguía a nadie, sólo escuchaba gritos y lamentos. A los 20 minutos empezó a aclarar y una veía gente regada por todos los lados. Mi niña perdió el oído derecho. Quedó como elevada hasta el punto que se escapó de mis brazos y salió corriendo para el monte. Anduvo perdida cerca de un día hasta que la encontraron. A mi otro hijo se le salió toda la masa de la pierna derecha, llegó a mi arrastrándose por el piso. Pudimos salir y llegar hasta una casa. El Padre Antún ya estaba organizando a la gente para hacer la evacuación y ponernos a salvo al otro lado del río”, me explica

María Eugenia Panero, superviviente de la masacre de Bojayá. Foto: Javier Sulé

María Eugenia Panero, superviviente de la masacre de Bojayá. Foto: Javier Sulé

El Padre Antún Ramos, miembro de la comprometida Diócesis de Quibdó, era el sacerdote de Bellavista en aquel momento y se convirtió de alguna forma en el héroe de Bojayá. A pesar de resultar también herido y de perder el conocimiento durante un tiempo, su sangre fría logró salvar muchas vidas. “Nos tuvimos que devolver hacia donde estaban los combates para coger unas embarcaciones y llegar hasta Vigía El Fuerte, al otro lado del río. Eramos unas 400 personas, de las cuales unas 200 estaban heridas y eso nos demoró mucho porque tuvimos que llevarlos a hombros hasta el río porque el pueblo estaba inundado y el contacto con el agua podía contaminar las heridas”, me recuerda el Padre.

El Padre Antún Ramos, de la Diócesis de Quibdó. Foto: javier Sulé

El Padre Antún Ramos, de la Diócesis de Quibdó. Foto: javier Sulé

El sacerdote se puso delante del bote con un palo y una sabana blanca al tiempo que gritaba “quiénes somos” y la gente respondía también en voz alta “somos población civil”, “Qué queremos”, añadía el padre a continuación, “que nos respeten la vida”, contestaba la gente. “Era una protesta para que los actores armados que estaban ubicados en diferentes partes supieran que allí iba población civil, pero con todo y eso no nos respetaron, nos siguieron disparando aunque por suerte nadie fue herido”

Los días después de la masacre, las FARC se mostraron vencedoras y permitieron que una comisión regresara a la localidad para evacuar a los heridos que faltaban y enterrar a los muertos.Antes los paramiltares habían saqueado las casas y se vistieron de civil con las ropas que encontraron en ellas.

La Diócesis de Quibdó denunció que el propio ejército les auxilió para salir del pueblo. La gente de Bellavista superviviente que casi en su totalidad se había refugiado en Vigía del Fuerte, al otro lado del río, empezó a reconocerlos vestidos con sus ropas. Entendieron entonces que militares y paramilitares andaban unidos y que por tanto tampoco allí estaban seguros. Más de 4000 personas sintieron temor y acabaron desplazándose a Quibdó, la capital del departamento.

Honrar a los muertos

El dos de mayo fue declarado día de la memoria de las víctimas del conflicto armado en el Chocó. En Bellavista la conmemoración dura dos días en los cuales hay sentimientos encontrados de alegría y de dolor. El sincretismo religioso de las comunidades afrodescendientes de la zona emerge con toda su fuerza a través de los alabaos, esos cánticos que nacen del alma para honrar a los muertos y que a mi particularmente me pusieron los pelos de punta.

Hubo asambleas para analizar la situación actual del pueblo, danzas, proyecciones y una representación de gualí, una ceremonia funeraria por los niños y niñas fallecidos donde se cantaron canciones relativamente alegres. Y es que aquí dicen que si un niño muere no se derraman lágrimas porque va directo al cielo convertido en angelito. Sin embargo, en estos dos días de conmemoración yo sí vi muchas lágrimas en recuerdo de toda la gente que murió y especialmente por todos esos niños y niñas que se fueron.

El día dos llovió intensamente toda la mañana. Se pudo celebrar la misa en la iglesia de Bellavista Nuevo nuevamente con las mujeres cantando sentidos alabaos en presencia del Santo Cristo Mutilado, la imagen del Señor que aquel día de la explosión perdió sus brazos y piernas y que se ha convertido en todo un símbolo de la masacre. Alabaos con letras que decían “pongan cuidado señores a lo que pasó en Bojayá, a los pobres campesinos los vinieron a acabar. En este nuevo aniversario de la masacre del dos de mayo, donde cayeron la gente, muchos viejos y muchachos…

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Por la tarde la comunidad se desplazó hasta la fatídica iglesia del pueblo viejo masacrado, situado a apenas un kilómetros del nuevo, para realizar un conmovedor acto simbólico y encender unas velas por todos sus muertos.

En el altar unos sencillos carteles recuerdan todos los nombres, su edad y el suceso que provocó sus muertes el dos de mayo: el de ‘Yesenia Palacios Chaverra “La Pitufa”, seis años, masacrada en medio del combate entre los paramilitares y las FARC, quienes lanzaron la bomba a la iglesia de Bellavista, Bojayá, el dos de mayo de 2002’; el de Víctor Palacios Chaverra, cuatro años…; el de Ana Cecilia Mena Palacios, “Florecita”, 20 años… y así hasta completar los 79 fallecidos de aquel día.

En la iglesia se siente una tristeza infinita con emociones a flor de piel y lágrimas contenidas. Se hace dificil entonces no preguntarse el por qué. Y es que en la masacre de Bojayá se violaron todos los principios del derecho internacional humanitario sometiendo a la población civil al fuego cruzado e indiscriminado.

(próxima crónica; Bojayá, 12 años después)

 

 

 

 

 

 

6 pensamientos en “Dos de mayo en Bojayá

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