“Los guerrilleros son los obreros de la guerra en Colombia”

Gladys Ávila fue guerrillera del ELN 7 años. Foto: Javier Sulé

Gladys Ávila fue guerrillera del ELN 7 años. Foto: Javier Sulé

Gladys Ávila (nombre cambiado) estuvo siete años en la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Entró con 21 años, aunque tenía sólo 14 cuando se enamoró de un guerrillero de 17 con el que acabó casándose y teniendo dos hijos. A partir de aquel momento nada volvería a ser igual en su vida. Asegura que jamás cogió un fusil ni le disparó a nadie y que su mayor pena es no haber visto crecer a sus hijos. Por ellos se hizo guerrillera y por ellos también decidió escapar años después. Esta es su historia.

“Soy de un pueblo de Antioquia. Mis papas fueron campesinos y tengo 10 hermanos. No terminé mis estudios de primaria. En la zona donde vivíamos la guerrilla ejercía el poder. Ellos mediaban en problemas comunitarios y se ganaban la confianza de la gente. Como trabajaban por el pueblo, tenías que colaborar.

 Cuando me casé y tuve a mis hijos todavía no estaba en la guerrilla. Mi marido sí era guerrillero.  Casarme con él fue un problema. Llegaba a casa de civil con el arma y con otros compañeros. Su presencia me comprometía, ponía en peligro mi vida y la de los niños. Le dije que no volviera, que yo sabría salir adelante sola, pero no hacia caso. En la zona habían entrado ya los paramilitares y estaban haciendo masacres. El Ejército además sabía que yo estaba con un guerrillero y me habían detenido una vez al principio de mi relación acusándome de ser colaboradora de la guerrilla tras descubrirme una carta de amor.

Gladys Ávila asegura que nunca cogió un fusil ni disparó a nadie el tiempo que estuvo con la guerrilla del ELN. Foto: Javier Sulé

Gladys Ávila asegura que nunca cogió un fusil ni disparó a nadie el tiempo que estuvo con la guerrilla del ELN. Foto: Javier Sulé

 Durante un tiempo conseguí una máquina de coser que fue mi sustento económico, pero buscaba trabajo y no encontraba. Era tanta la presión de la guerra que finalmente para evitar riesgos a mis hijos decidí dejarlos con mis padres e irme con el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Tenía 21 años. Gracias a Dios no cogí nunca un fusil ni le disparé a nadie, pero mi mayor pena es no haber visto crecer a mis hijos. El conflicto armado es muy triste porque en el otro bando tenemos hermanos y primos hermanos. Nosotros sólo somos los obreros de esta guerra.

 Entré con un compromiso de tres años y acabé estando siete porque nunca me dejaron irme. En los primeros años trabajaba haciendo confecciones y repartiendo la comida. Luego me comunicaron que tenía que ir a la escuela de suboficiales. Les recordé que mi vinculación era sólo por tres años y ya había cumplido el tiempo. Se negaron y se enojaron mucho, decían que tenía una responsabilidad muy grande y supieron inculcarme mucho miedo. Finalmente fui a esa escuela de suboficiales. Allí tampoco adquirí capacidades militares, solo aprendí trabajo administrativo y capacitación en salud. Por aquel tiempo ya me había separado de mi marido y tenía relación con otro guerrillero.

 Buscaba estar ocupada por no pensar en mis hijos. Me dolía haberlos dejado con cuatro años. La idea de escapar me pasaba a menudo por la cabeza pero siempre andábamos por zonas boscosas donde era difícil hacerlo. En 2004 aprovechando que vi una carretera me escapé. Cuando llegué a la casa fue como volver a nacer porque en el pueblo había circulado la noticia de que me habían matado, incluso mi madre ya le había dicho a mis hijos que había muerto.

 Mi hermano, que estaba con los paramilitares, fue el que me dijo que me entregara, pero me daba miedo. Me quede escondida en la casa con el peligro de que me pudieran coger hasta que a finales de 2005 los paracos empezaron a culparnos de cosas que pasaban en el pueblo y nos amenazaron. Tuvimos que irnos.

Gladys Avila, desmovilizada tras siete años en la guerrilla del ElN. Foto: Javier Sulé

Gladys Avila, desmovilizada tras siete años en la guerrilla del ElN. Foto: Javier Sulé

 Finalmente decidí entregarme. Me mandaron a Bogotá a un albergue en el que había gente desmovilizada de todos los grupos armados. Me puse a estudiar y me gradué de bachiller.  Mi proyecto de vida siempre fue poder reunirme con mis hijos. Hace unos meses abrí una papelería en el barrio de la ciudad donde donde vivo. El negocio apenas está arrancando. Lo peor es la estigmatización. No me motiva pedir trabajo con un diploma que dice que soy reinsertada.

 Mi hijo mayor me reprocha que no haya estado con ellos. Les oculté que fui guerrillera pero acabaron sabiéndolo. Les dije que si no me hubiera ido con la guerrilla no estaría viva, que lo que busqué fue proteger mi vida y la de ellos porque las masacres, los combates y los bombardeos eran constantes. Sí me arrepiento de no haber visto crecer a mis hijos, de no ayudarles a aprender a leer. Lloré cuando vi que ya sabían sumar y restar y yo no había podido estar con ellos, no lo había vivido”.

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