Fabiola Lalinde (y II)

Fabiola Lalinde con la foto de su hijo Luís Fernando, víctima de desaparición forzada. Foto: Javier Sulé

Fabiola Lalinde con la foto de su hijo Luís Fernando. Foto: Javier Sulé

Ayer me escribió Fabiola Lalinde para agradecerme el anterior post que había escrito sobre su historia y también para recordarme que este 4 de octubre de 2013 se cumplirán 29 años de la desaparición de su hijo Luis Fernando. Mucho ha llovido. Nos habíamos quedado que a Doña Fabiola le dijeron que el cadáver correspondiente al supuesto “Alias Jacinto”, enterrado como NN y sobre el cual ella tenía la absoluta certeza de que se trataba de su hijo, no se podía identificar por la falta de los pulpejos de los dedos. El Estado quiso dar así el caso por cerrado, pero ya era mucho el camino andado por Doña Fabiola como para desistir a esas alturas, empeñada en saber la verdad y encontrar los restos óseos de su hijo.

Después de tantas trabas y mentiras, Doña Fabiola no se dio ni mucho menos por satisfecha con aquella explicación y acabó descubriendo y demostrando que el cuerpo de aquel supuesto NN sí era efectivamente el de su hijo Luis Fernando Lalinde.

 Tan convencida estaba de ello que Doña Fabiola consiguió dar con el lugar donde se encontraban los restos de “Alias Jacinto”. Estaban en una la zona de la localidad antioqueña de Jardín, en lo alto de una montaña. “Encontramos restos óseos esparcidos por el suelo; unas vértebras, las rótulas… Se hizo la exhumación, pero no aparecía el cráneo y los expertos estuvieron a punto de desistir en la búsqueda pero la Comisión Interamericana de Juristas exigió que se buscara. En el lugar, 100 metros más arriba, había un árbol que formaba como una madriguera y que a mi siempre me había llamado la atención. Exigí que por favor buscaran en ese árbol, pero los expertos en ciencias forenses no me querían hacer caso porque decían que era imposible que estuviese allí atendiendo a la lejanía de ese árbol respecto al lugar donde se habían encontrado las otras partes óseas. Me alegaron motivos como la ley de la gravedad y que por tanto había que buscar hacia abajo y no hacia arriba. La indignación me rebosó. Les dije que de allí no me iba hasta que no buscaran en ese árbol y les recordé que en Colombia los mecanismos de impunidad operan en sentido contrario a la ley de la gravedad y que los asesinados por razones políticas en este país había que buscarlos río arriba y monte arriba. En esas, yo seguí escarbando en la tierra y mi hija Adriana se había ido hacia ese árbol con un campesino cuando de pronto gritó: ¡¡¡Madre, lo encontramos¡¡¡ Apareció el cráneo. Me acuerdo de aquello como si fuera hoy y han pasado 21 años. Si no hubiera hecho lo que hice jamás lo hubiéramos encontrado”, me recuerda Doña Fabiola con lágrimas en los ojos.

 Doña Fabiola ya tenía la verdad; Luís Fernando Lalinde había sido torturado, luego asesinado por miembros del Ejército colombiano y después enterrado haciéndolo pasar por guerrillero abatido en combate. Los llamados “falsos positivos” ya se empezaban a practicar entonces. La propia Comisión Interamericana de Derechos Humanos (OEA) en 1988 había condenado por ello al Estado. El descubrimiento de esos huesos suponía un paso más, aunque tocaba todavía identificarlos y demostrar realmente que se trataban de los restos óseos de Luis Fernando. El Estado no se iba a quedar quieto. Tras la sentencia de la OEA, a Doña Fabiola trataron de hacerle un montaje bastante ruin. Le allanaron la casa, encontraron cocaína en ella y le acusaron de narcotraficante por lo que tuvo que ingresar incluso en prisión donde pasó un tiempo. “Sabíamos que algo nos iban a hacer. Fuimos a denunciar el allanamiento y acabé detenida. Le dije al juez que me investigara hasta sus últimas consecuencias, que andar traficando con drogas iba contra mis principios morales y que además de eso era el colmo que me trataran como una estúpida. Quedó demostrado que se trató de un montaje para desprestigiarme”, me explica.

 A todo ello, tuvieron que pasar cuatro años más para que a Doña Fabiola y a los suyos les entregasen los restos óseos plenamente identificados de su hijo Luis Fernando después de haberlos encontrado en aquel remoto árbol. Y es que tras la aparición del cráneo y cuando ya parecía que se iba a realizar la entrega, el Estado quiso seguir dilatando el proceso y resolvió que para que supuestamente no quedasen dudas harían una nueva prueba, la del adn mitocondrial. “Pude contrastar con grandes expertos internacionales, especialmente argentinos que esa prueba no era necesaria, que era muy delicada de hacer y que sólo había tres laboratorios en el mundo que la hacían y Colombia no estaba entre ellos. Los de aquí se enojaron mucho conmigo porque decían que yo no me fiaba de ellos. Yo no es que fuera una experta en ciencias forenses, pero si sabía ya cuando me decían mentiras. Tenía claro que ellos lo que querían es que esos restos siguieran siendo considerados de un NN. Y así fue. Hicieron público un dictamen final diciendo que los restos óseos no correspondían a ningún miembro de la familia Lalinde y además remarcaban que ese dictamen era definitivo e inmodificable. Fue otro golpe, pero aún así gracias a la ayuda de grandes forenses internacionales conseguimos que se repitieran los estudios cotejando muestras de adn con los hermanos. Quedó demostrado en un 99.9 por ciento que esos restos sí correspondían a Luis Fernando Lalinde”, me relata Doña Fabiola.

 Se lograron rescatar en total 68 huesos, más el cráneo. Los 69 restos óseos fueron entregados a Doña Fabiola a finales de 1996 dentro de una caja de cartón. El acto se hizo en unas bodegas de la Octava Brigada del Ejército. Fue un día muy difícil para la madre de Luis Fernando. “Estaba sentada junto a la abogada de la consejería presidencial y con la doctora de la comisión colombiana de juristas cuando destaparon esa caja. En ese momento sentí que me iba del mundo, como si me hubieran absorbido. Cuando recuperé el sentido y miré, ya habían abierto la caja. Ahí tenían el cráneo con un código marcado y estaban leyendo el acta de la entrega de los huesos como si yo hubiera ido a reclamar una mercancía a la bodega del Ejército. Cómo será de dura la desaparición forzada para que te entreguen en una caja de cartón a un hijo que salió lleno de vida con 26 años. Y cómo será de dura la desaparición cuando una tiene que dar gracias a los victimarios porque se lo entregaron… Y plenamente identificado porque allí no pudieron decir ya más mentiras. Fue muy doloroso, pero fue un triunfo en medio de todo”, me recuerda Lalinde.

 Luis Fernando Lalinde fue detenido, torturado, asesinado y ocultado por más de 12 años. Para Doña Fabiola se trata de una herida que nunca va a sanar, pero con la que reconoce ha aprendido a vivir como el que vive con una enfermedad crónica. “Una se vuelve muy estratega, empieza a saber manejar el dolor para que no le destruya. Me dediqué a trabajar la memoria de Luis Fernando, a hacer mis archivos. La solidaridad ha sido la protagonista de esta historia y lo que hemos conseguido ha sido gracias a ella. Por eso yo he dicho siempre que para nosotros todo ese dolor se convirtió en una experiencia dolorosamente bella. Mi corazón me dicta que debo seguir luchando por la justicia porque ninguna persona ha sido castigada por el crimen. Llegamos a la verdad, pero está pendiente la justicia y no hemos renunciado a ella. Además tengo una experiencia que no me la puedo llevar para la otra vida y por eso acompaño a otras muchas madres en los procesos de búsqueda de sus seres queridos. A mi todo el mundo me preguntaba si yo también era marxista como mi hijo y siempre respondía que yo era del partido de las mamas. Acompaño a todas las mamas que están padeciendo esta historia de la desaparición incluyendo las de los soldados secuestrados por la guerrilla porque no puede haber cosa más horrible que tener un hijo atado a un árbol o encadenado como si fuera una fiera”, me dice.

 A todo este largo proceso de búsqueda, de saber la verdad y de exigir justicia, Doña Fabiola lo bautizó como operación Sirirí en alusión a una pequeña ave, el sirirí, que persigue a los gavilanes que se llevan a sus polluelos. El sirirí es tan insistente en su persecución que muchas veces el gavilán ha de soltar a los pichones. Para Doña Fabiola este ave ha sido el símbolo de la lucha constante de una madre por recuperar al hijo que le fue arrebatado.

12 pensamientos en “Fabiola Lalinde (y II)

  1. Que bien Javier… espero todo lo demás que vas a contar de esta ciudad “innovadora”… recibe un abrazo fuerte que cruce el oceano…

    • Hola Diana, cómo va todo? Todavía falta un poco para que que entre a fondo en Medellín, aunque si voy a tocar el tema de la desaparición forzada allí la semana próxima. Un fuerte abrazo y gracias por seguirme

    • Gracias Carlos por tu comentario y me alegro que te haya llegado la historia de Doña Fabiola. Como ella misma dice, con la solidaridad que ha recibido todos estos ha años le ha hecho más llevadero el dolor. Un abrazo

  2. Fabiola Lalinde reciba mis más expresivos saludos .Una madre supo luchar para encontrar
    a su desaparecido hijo después de tántos años .
    Javier felicidades ,has hecho un trabajo estupendo .Un abrazo.

  3. Pingback: Una morgue para Satinga | Colombia, guerra y paz

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