Toribío, bajo todos los fuegos (I)

Estación de policía de la localidad de Toribío. Foto: Javier Sulé

Estación de policía de la localidad de Toribío. Foto: Javier Sulé

Llegó por fin la ‘chiva’ tras una hora de espera en el cruce del corregimiento de El Palo, al norte de la región del Cauca. Montado en este mítico y colorido medio de transporte autóctono que recorre las zonas rurales colombianas me dirigía a Toribío, otra población caucana que ostenta el triste récord de ser probablemente el pueblo más asediado por la guerra en Colombia.

La empinada carretera que lleva a esta localidad es ya todo un adelanto del duro contexto que vive la zona. Apenas arrancar, un retén militar obliga a todo el mundo a bajarse del vehículo. Tres mujeres indígenas Nasa se niegan a hacerlo en un gesto claro de resistencia. Los militares amenazan que no proseguiremos el viaje hasta que se apeen, pero ellas ni se inmutan. Finalmente no las confrontan ni las obligan, pero eso no evita que a los hombres nos cacheen uno por uno poniéndonos de espaldas y manos arriba contra la carrocería de la chiva, ni que realicen un minucioso registro del vehículo y de las pertenencias de los ocupantes.

De nuevo en ruta, diez kilómetros más arriba pasamos bajo una enorme pancarta amarilla colocada de lado a lado de la carretera y que decía: “Con el pueblo hacia la nueva Colombia” firmada por las FARC. A escasos metros, una pintada en la pared de una casa insta a todos los actores armados a irse del territorio. Y ya, a una media hora de llegar a Toribío, me llamó la atención la presencia de un sacerdote oficiando una ceremonia litúrgica en el mismo filo de la carretera, acompañado de unos 40 feligreses. Luego supe que se trataba del Padre Ezio, párroco de Toribío, y la eucaristía era en conmemoración por la muerte de Salatiel Méndez, un líder indígena asesinado a sangre fría en ese punto de la carretera un mes antes mientras reparaba su moto averiada en compañía de su mujer. El padre Ezio, un misionero italiano que lleva ya más de 30 años en Colombia, me compartió días más tarde quien era Salatiel. Me habló del amor que este hombre sentía por la Madre Tierra, de su resistencia contra la guerra y de cómo en los días precedentes a su asesinato se había estado despidiendo de él, de sus amigos y familiares porque sabía que lo iban a matar. Los indígenas atribuyeron el crimen a milicianos de las FARC.

Toribío, población del Norte del Cauca. Foto: Javier Sulé

Localidad de Toribío, Norte del Cauca. Foto: Javier Sulé

Toribío es un municipio encajonado entre las montañas de la Cordillera Central y formado por una treintena de corregimientos y veredas. Tiene unos 35.000 habitantes, indígenas de la etnia Nasa en su práctica totalidad. A principios del año 2000 fue tomado por la guerrilla que mantuvo su hegemonía durante casi dos años hasta que el gobierno volvió a retomar el control. El pueblo lleva así mucho tiempo viviendo en una zozobra permanente, pendiente siempre del fuego cruzado entre el fuerte contingente militar que se agazapa en sus calles y el veterano Frente Sexto de las FARC que apoyado por la columna Móvil Jacobo Arenas se mueven con soltura por las montañas que rodean la población.

El personero del municipio Juan Carlos Chamorro no se cansa de recordar que desde el año 2000, Toribío ha soportado 614 hostigamientos al casco urbano, prácticamente uno semanal. “En muchas ocasiones suelen ser leves, pero en otros casos han durado días enteros. Sólo el año pasado, por los enfrentamientos entre guerrilla y ejército, resultaron afectadas el 90 por ciento de las viviendas del pueblo”, nos dice Chamorro. Merece la pena ver el reportaje Toribío, la guerra en el Cauca del reportero colombiano Hollman Morris en Contravía para hacerse una idea de la dura realidad que ha venido viviendo Toribío, especialmente en momentos álgidos del conflicto como los que muestra el trabajo de Morris.

Y es que la guerrilla hace ya tiempo que tiene el empeño de volar el bunkerizado cuartel de la policía instalado en Toribío, pero lo cierto es que sus ataques a quien más han afectado una y otra vez ha sido a la población civil. Uno de los más graves se produjo un sábado, día de mercado, del mes de julio del pasado año. Las Farc quisieron estrellar contra esa estación policial precisamente una `chiva’ cargada de explosivos. Las consecuencias fueron devastadoras. La explosión dejó tres muertos- dos civiles y un policía-, un centenar de heridos y más de 400 viviendas afectadas, de las cuales unas 80 totalmente destruidas.

Las FARC tampoco supieron medirse hace unos meses cuando lanzaron cargas explosivas contra la Policía y el Ejército y una de ellas cayó en el centro de salud. Cinco personas integrantes del equipo médico resultaron heridas, entre ellas la enfermera jefe que perdió una pierna.  Este ataque, del que ya había hablado en un post anterior, generó una indignación que hace mucho tiempo no se veía entre la comunidad. Ese día, los indígenas, cansados de estar en medio de las balas y de ser utilizados como escudos humanos desmontaron una a una varias trincheras militares que se parapetaban en las fachadas de muchas de sus viviendas. Después salieron en busca de la guerrilla para decirles de frente basta y desmontar uno de sus campamentos.

Los efectos de la guerra son muy visibles en Toribío. Foto: Javier Sulé

Los efectos de la guerra son muy visibles en Toribío. Foto: Javier Sulé

Realmente, la indestructible fortificación militar de Toribío contrasta con las decenas de vulnerables casas derruidas de los alrededores, en ruinas tras los embates de las FARC y cuyos inquilinos afectados siguen esperando más de un año después que el estado las reconstruya. Los indígenas Nasa hace ya tiempo que no sólo vienen reclamando que todos los actores armados salgan de sus territorios sino que exigen que ejército y policía construyan sus cuarteles y trincheras fuera del pueblo. El derecho internacional humanitario explicita que no está permitido que los militares se atrincheren en casas particulares ni cerca de escuelas ni hospitales, pero el ejército y la policía colombianos incumplen sistemáticamente esta norma. No debe ser agradable tener una pared  de sacos de arena formando una trinchera de tres metros de altura en la fachada de la casa con uno o dos soldados dentro.

Trincheras militares incrustadas en una casa de Toribío. Foto: Javier Sulé

Trincheras militares incrustadas en una casa de Toribío. Foto: Javier Sulé

En este punto de mi viaje, gobierno y guerrilla se prestan a iniciar una nueva fase del proceso de paz en La Habana. Días antes, un multitudinario foro celebrado en Bogotá reunió a unas 500 organizaciones del país que elaboraron más de 400 propuestas sobre infinidad de temas que afectan al campesinado y al modelo de desarrollo agrario. Las harán llegar a la mesa de negociación para su discusión y pueden resultar claves para poner fin al conflicto armado. Será un tema espinoso porque muchas de ellas chocan frontalmente con el modelo de desarrollo económico que pretende impulsar el gobierno, especialmente en lo que se refiere a la implantación de megaproyectos y al impulso de la minería a gran escala.

6 pensamientos en “Toribío, bajo todos los fuegos (I)

  1. Cuídate mucho, Javier. Cuida de ti y de los tuyos en ese fuego cruzado. Sigue contándonoslo todo con palabras e imágenes. Muchas gracias por estar ahí. Aún siempre con ganas de verte por aquí de nuevo. Abrazos y recuerdos.

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