Cauca, viaje al epicentro de la guerra

Soldados colombianos tomando posiciones tras una explosión en Toribío, Norte del Cauca. Foto Javier Sulé

Soldados tomando posiciones tras una explosión en Toribío, Norte del Cauca. Foto Javier Sulé

Viajé de noche en autobús de Bogotá a Popayán, la capital del departamento del Cauca, al sur del país. Me dijeron que el trayecto duraría 16 horas, pero resultaron siendo 12. Las carreteras colombianas son en general malas, pero los buses de larga distancia son muy cómodos, se puede dormir, aunque hay que andar precavido y llevar algo de abrigo para no helarte de frío con el aire acondicionado subido siempre en exceso.

Popayán apenas tiene unos 300.000 habitantes. Se la conoce como la ciudad blanca de Colombia porque tiene un bonito y cuidado casco histórico colonial que fue rehabilitado después del fuerte terremoto que asoló esta ciudad en 1983. El epicentro del seísmo se localizó entonces en la cercana localidad de Jatibío. Hoy, es el epicentro del conflicto armado el que se sitúa a escasos 50 kilómetros de Popayán. Y cuesta creerlo porque mientras en la relativamente tranquila Popayán se celebraban los XIX Juegos Deportivos Nacionales con la participación de delegaciones de todas las regiones colombianas, a tan sólo una hora el ejército y la guerrilla se enfrentan con una intensidad que no se ve en otras regiones. Y aunque los diálogos de paz entre gobierno y guerrilla han empezado ya en La Habana y las FARC declararon un cese unilateral del fuego de dos meses, en el Cauca se siguen notando los efectos diarios de la guerra.

El Cauca es una las regiones donde mayor presencia militar tienen las FARC con varios frentes y columnas móviles que se ven favorecidos por una orografía de inmensas montañas, cañones profundos y cimas con niebla perpetua. Algunos analistas consideran que existen varias razones por las cuáles el conflicto se concentra en esta región. Una de ellas es que el Norte del Cauca ha sido para la guerrilla un corredor geográfico clave para moverse hacia otras regiones del suroeste del país y hacia la cordillera central, donde los insurgentes han tenido uno de sus santuarios. Es, en definitiva, un lugar de comunicación fácil entre el interior del país, la región de los llanos y el puerto de Buenaventura, en la costa pacífica. Por allí, dice la policía, se mueve el narcotráfico y las armas, y ese corredor es el que las FARC estarían defendiendo a muerte.

La influencia guerrillera en la zona ha tenido como respuesta una alta militarización del territorio por parte del gobierno. El Cauca ha sido un campo de batalla permanente y no faltan los periodistas que ya han rebautizado la región con el nombre de Caucagistán. Fue en una de sus remotas veredas donde, hace poco más de un año, cayó abatido el máximo líder de las FARC Alfonso Cano” en uno de los golpes militares más importantes de la historia contra la guerrilla.

La agudización y deterioro del conflicto armado en la región ha golpeado brutalmente a sus comunidades, en su mayoría indígenas. Ya sea en municipios como Toribío, Jambaló, Caloto, Miranda, Caldono, Argelia, Morales, Corinto u otros, diariamente se producen ataques, enfrentamientos, asesinatos, heridos, amenazas, desplazados o daños en viviendas. El control militar a la población civil es totalmente desmesurado y abusivo. La policía y el ejército se instala en los cascos urbanos y coloca trincheras en sus casas poniendo en riesgo a sus pobladores e infringiendo así el derecho internacional humanitario. Un miembro de Cruz Roja internacional de la zona me dice que ha habido veces que los enfrentamientos han durado hasta cuatro días seguidos y eso no ha tenido ningún tipo de repercusión en los medios de comunicación.

En mis primeros días en el Cauca, coincidí con una delegación internacional irlandesa conformada por representantes políticos y sindicalistas de todas las partes del pasado conflicto de irlanda de Norte y que llegó a Colombia para apoyar y acompañar el proceso de paz colombiano. Sus integrantes estuvieron un día en el corregimiento de El Palo, al norte del Cauca, donde recogieron de primera mano los testimonios de campesinos, indígenas y afrodescendientes civiles que viven en medio del conflicto armado. Como suele ocurrir en estos casos, sus relatos fueron desgarradores. Las mayores denuncias de atropellos se los lleva el ejército. Abogados de víctimas presentes denunciaron el control militarista de la población civil y los efectos judiciales de la guerra en la región con detenciones arbitrarias a agricultores pobres y líderes comunitarios a los que el Estado vincula presuntamente con los grupos guerrilleros. También se denunció el pago por parte del ejército a informantes para que testifiquen contra los campesinos.

Al acabar la sesión, se me acercó una mujer que no pudo dar testimonio a la delegación para relatarme la muerte de su hermano de 14 años junto a otras 15 personas, también menores de edad muchas de ellas. Me cuenta que ocurrió hace más de un año en la vereda cercana de las Gargantillas donde vive tras un bombardeo del Ejército. “La masacre de las Gargantillas fue presentada en los medios como un duro golpe a las FARC, como la destrucción de uno de sus campamentos. Es mentira”, expresa con rotundidad. “A él y a los otros- prosigue- los llevaron y reunieron con engaños en un lugar para acabarlos”. La comunidad, dice, vive desde entonces destrozada, y exige una investigación ya que temen que pueda tratarse de un nuevo caso de los llamados falsos positivos, esto es, utilizar a civiles para presentarlos como guerrilleros muertos en operativos de combate.

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